Salimos a la calle y nos damos cuenta que ese lugar no es propio, y debería serlo. No nos pertenece, nos sentimos indefensos ante una masa de incesante prepotencia, intolerancia, impaciencia y falta de respeto.

Ante semejante amenaza que quizás pretende hacernos nuestro día miserable, buscamos refugio cegándonos a sostener lo más básico y puro que puede tener el ser humano, el respeto por nosotros y por el otro.

Si trasladamos el respeto a la seguridad vial, que es el tema que me ocupa aquí, nos damos cuenta rápidamente que hay una desconexión primaria entre uno y otro, aunque probablemente podamos tener una conducta intachable dentro de nuestro hogar o lugar de trabajo, cuando salimos a la calle, quien sabe porque razón, nos transformamos en seres despreciables, indómitos, llenos de ira e irrespetuosos. ¿Quizás lo hagamos como un acto de autodefensa ante la posible violencia que seguramente vamos a recibir?

El ritmo de las ciudades hoy es muy vertiginoso y muy probablemente pocos se pusieron a analizar cuál es el origen que generó la velocidad de vida que llevamos (a esta altura creo que sería como descubrir el sentido de la vida), y atacarlo de manera eficiente; y cuando piensas en cambiar algo con respeto y amabilidad, por mínimo que sea, descubres que es posible multiplicar esa pequeña acción civilizada en algo que puede cambiar la vida de las personas, y aun así te das cuenta a la vez que eso no es suficiente.

Nos movemos en auto, en bicicleta, en bus, tren, subte, pero principalmente nos movemos CAMINANDO, ese sencillo acto motor que nos pone en lo más alto de la pirámide de movilidad de toda ciudad, somos los hacedores de todo lo que se mueve a nuestro alrededor y nos debemos respeto tanto a nosotros como a quienes tenemos a nuestro lado. Y no todos podemos movernos caminando normalmente, hay mucha gente que no tiene la capacidad de moverse con facilidad, personas que se ven impedidas físicamente, ya sea por su edad o por tener sus capacidades físicas reducidas y tenemos que pensar seriamente también, y mucho, en ellos.

Con tan solo caminar unos metros por la acera ya percibimos lo incómodo que suele ser transitar sin empujar o ser empujado. ¿Alguna vez pensaste que si todos nos movemos al mismo ritmo evitaríamos los empujones y los pedidos de disculpas? ¿Si todos fuéramos en auto a la misma velocidad, no se evitarían los siniestros viales y muertes o al menos se reducirían significativamente? Y si esa velocidad de circulación fuera tal, que no generara un peligro para la gente, ¿no viviríamos mucho mejor y más ordenados? ¿Qué necesidad tenemos de ir más rápido que el que va delante nuestro, si el que va delante nuestro circula a una velocidad que puede evitar una muerte? ¿No te interesa la vida de las demás personas? ¿Tan insensible debes ser, que ni siquiera piensas que la persona que circula delante tuyo o a tu lado puede ser tu hijo, tu madre, tu esposa o la madre, el hijo o la esposa de alguien más?

Si ponemos el pie en el freno vamos a vivir mejor, si nos ponemos en el lugar del otro vamos a ser mejores personas, si resistimos a la prepotencia y la intolerancia vamos a tener una mejor ciudad, si nos saludamos en lugar de empujarnos vamos a lograr más conexión entre las personas.

Vivir en sociedad implica asumir la responsabilidad de circular con prudencia, de pensar antes de actuar. Las conductas irracionales e impulsivas nos llevan irremediablemente a fracasar como seres pensantes. No podemos ir por la vida pidiéndole al otro que se haga a un lado o que vaya más rápido o exigirle que deje de hacer algo sencillamente porque tienes que hacerlo vos.

Todos queriendo pasar por el mismo lugar, en el mismo momento y a la misma velocidad, eso es lo que se ve hoy en mi ciudad y eso me alienta a seguir luchando por una sociedad mejor, con acciones, simples acciones y dejándole un mensaje claro a los niños sobre los valores que deben sostener y respetar.

Se perdió el respeto, y debemos recuperarlo, solo el respeto nos abrirá el camino hacia una sociedad civilizada que hoy no encuentro. Somos entes perdidos, unitarios, sin interacción, sin conexión posible, cada uno es un mundo diferente y es por eso que nadie intenta cuidar o respetar al otro porque todo el tiempo estamos defendiendo nuestro propio mundo, nuestro miserable mundo. Si el mundo es uno solo, ¿no podemos compartirlo?

La seguridad vial debe ir acompañada de voluntades políticas y debe ser tratada como política de estado en todo el mundo. No se ven acciones concretas de los gobiernos por crear conciencia a través de las leyes y ni siquiera quienes tienen la responsabilidad de aplicar las leyes hacen actos que rocen el sentido común. Nosotros como ciudadanos tenemos el poder para cambiar eso, pero no nos dan el espacio, ¿por qué? Me hago esa pregunta casi todos los días. Si no hay conexión entre los gobiernos y la gente, pero en serio, no se podrán aplicar políticas de seguridad vial que se adecuen a las necesidades de las personas, pero sí a intereses que lejos están de querer cambiar el estado actual de las cosas.

¿Qué vamos a hacer entonces? ¿Nos quedamos cruzados de brazos mientras vemos pasar miserablemente la vida por delante nuestro y que nuestros hijos no tengan un lugar seguro donde vivir? ¿O juntamos voluntades individuales para hacer que las cosas vayan cambiando progresivamente a la espera de que los gobiernos nos acompañen?

La decisión es solo tuya, hace algo por tu ciudad, hace algo por la gente, hace algo por tu familia, por tus hijos, dejemos de lado ese individualismo que nos llevó a estar en el lugar que estamos.

La seguridad vial DEBE ir atada al respeto, con leyes que sean justas, que piensen en las víctimas más que en otra cosa y que la justicia actúe de acuerdo a lo que dice la ley, pero también con matices y aplicando un sentido común que deje de transformar a las víctimas en victimarias.

Hoy es ahora, y queremos un mundo mejor y más respetuoso para nuestros hijos, podemos hacerlo, hagámoslo.

 

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