Si, adivinaste.

Voy a hablar de la bicicleta y las sensaciones que experimento cada vez que pongo un pie sobre el pedal y arranco esa cadencia casi hipnótica de cadena y piñón.

Se habla mucho de movilidad sustentable, de lo beneficioso que es la bicicleta para la salud y para la lucha contra el sedentarismo, de los efectos positivos que tiene el uso de energías renovables en el ecosistema urbano, y de muchas otras cosas más de las que no voy a hablar ahora porque lo que quiero es solo contagiarte mis ganas de subir a una bicicleta cada día, todos los días.

Mi bicicleta es plegable, rodado 16, con 3 marchas internas y casi no ocupa lugar, lo que me permite guardarla en cualquier rincón y hasta puedo dejarla debajo del escritorio de mi oficina.  Es un pequeño vehículo de gran versatilidad y condiciones óptimas para moverse en la ciudad. Es mi cómplice urbana y juntos cruzamos la ciudad con el sano objetivo de contribuir a desinflamar el caos vehicular que enferma a la ciudad.

Despierto en la mañana cada día y lo primero que miro es el cielo, trato de convencerme rápidamente que será un excelente día para sacar la bici, y por cierto siempre lo es. El deseo de salir a pedalear supera cualquier otra circunstancia que pueda atentar contra ese deseo y ahí mismo se pone en marcha la maquinaria ciclista en mi cabeza. Si hay sol, si llueve, si hay muchas nubes o cae nieve, no es lo importante. Cualquier inclemencia meteorológica se atiende con la ropa adecuada y la predisposición de quien se traza un objetivo hasta cumplirlo.

La bici está ahí en su rincón de siempre, esperando. Sabe que va a salir, me lo dice, lo siento, es como una comunicación que pocos pueden entender. El trabajo me espera, agarro mi casco con su cámara de acción que me permite dejar plasmado cada camino, cada esquina, cada rincón, cada persona, colores, y matices que se entrecruzan en un juego casi inexplicable.

El ascensor del edificio donde vivo es lo que me separa de la calle, y cuando cruzo ese umbral la visión ya es diferente, los ruidos casi sordos de la avenida, las bocinas irreverentes, las motos crujientes, y las personas que van y vienen que se mezclan con olores y colores que me dicen que el día ya empezó y yo también.

Despliego mi bici, calzo mi casco, y prendo la música del día, que selecciono desde mi teléfono y escucho a través de mi parlantito inalámbrico. Puede ser rock, pop, tango o folklore. AC/CD, Mozart o Larralde. Es música, y va intrínsecamente ligada a la bici, son partes casi indivisibles, me permite arrancar, me hace despegar del suelo y me transporta a un nivel de satisfacción que recorre el cuerpo y la mente.

La sangre comienza a circular diferente desde el preciso momento en el que mis pies van presionando sobre los pedales, el equilibrio perfecto se hace presente y el ritmo de la música se hace protagonista de la calle. Cada esquina es un desafío, los autos son un desafío, el aire se respira fresco aunque sea un día caluroso. Se abren los pulmones, se ve diferente, se escucha la música invadir cada espacio que me rodea, la gente pasa y mira, la bici, escucha mi música, nos complementamos, hay conexión, los ojos, es comunicación pura de sentidos. Esos sentidos que se acentúan con el correr de los minutos y metros que voy avanzando sobre el pavimento.

La anciana que cruza, mira, parece no entender, esboza una sonrisa y le hago una reverencia con mi cabeza en señal de respeto. El que barre las calles saluda a la cámara, pasa un niño y pregunta curioso, el distraído inmerso en su teléfono pide disculpas.  Es un gran comienzo del día, es un signo inequívoco de que no todo está perdido.

Trato de no enroscarme en el torbellino que provoca la maraña de autos queriendo subirse unos encima de otros, y esas bocinas indescriptibles que circunstancialmente me impiden seguir escuchando ese riff inagotable de guitarra de Jimmy Page que taladra los sentidos, y vuelvo a acomodarme en el confort que me da la cadencia del pedaleo y ese sonido de la cadena que de a ratos suelo escuchar cuando el ruido “espantofónico” de la calle me lo permite.

Doblo en una esquina, doblo en otra como queriendo encontrar el camino que mejor me transporte hacia mi destino. Y en cada vuelta, conecto, con olores y colores, con el entorno que cada barrio pone delante de mí, en esa loca carrera hacia la redención ciclista que solo puede experimentarse al subirse al sillín de la bici.

Suelo decir muchas veces que tener una bici no te hace ciclista, a la bici hay que sentirla, hay que saberla llevar, entender que con cada vuelta del pedal se va aplanando el camino para otros, para todos. Sin lugar a dudas la bici es un vehículo que inspira respeto, pero ese respeto debe ser reciproco. Es fundamental llevar la bici con responsabilidad, y esa responsabilidad debe sentirse, debe estar presente en cada vuelta. La bici te da libertad, pero no debemos usar esa libertad para querer imponer por la fuerza ese espacio que debe ser compartido. Compartir, es también conocerse unos con otros, conversar, mirarse, respirar el mismo aire, tiene que ver con lo que somos como personas. Sentimos, nos duele, nos alegra, nos preocupa, nos provoca ansiedad y todo eso genera un coctel de sensaciones que se pueden concebir solo si nos mantenemos vivos. Y digo vivos, en ese sentido, en el que estás pensando. Vivir es estar, compartir, respetar, y entender que las cosas que nos pasan van a seguir pasando, pero que mejor que hacerlo en un ámbito limpio, agradable, tolerante, respetuoso y lleno de buenas intenciones.

Sensaciones hay muchas y variadas, y cuando me subo a la bici se evidencian y se potencian enormemente, al punto tal de creer que se pueden tocar. Pedaleando me da la impresión de meterme dentro de la ciudad, encontrar lugares impensados, ver la cara de gente que creo haber visto toda mi vida, surcar calles que fueron testigos de otra era, hurgar en rincones anónimos a los que puedo ponerle nombres.

La bici te ofrece un colorido camino sinfín de oportunidades y yo lo recorro todos los días con la esperanza de ver más y más bicis en la ciudad, que me acompañen, que sientan lo que siento, que vean lo que veo, que se sumen a las mismas sensaciones que experimento.

Un recorrido en bicicleta por la ciudad, por corto que este sea, representa un enorme aporte a mi bienestar y al de la gente. Quiera o no, lo entienda o no, cada paso firme que doy sobre el pedal le aporta alegría y gratas sensaciones a mi ser. Mi alma agradece cada metro de libertad que recorro y el viento seguirá gritando ese riff de guitarra inagotable de Jimmy Page, a pesar de todo.

Que la bici sea pandemia.

2 comentarios en “Pedalear: una experiencia, infinitas sensaciones

  1. Tu relato me permitió revivir las mismas sensaciones de libertad, de aire puro en los pulmones y de sana embriaguez emocional que hace vibrar mi cuerpo cada vez que me pongo el casco y salgo con mi bici desde casa. Felicitaciones y a seguir haciendo camino pedaleando!

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