Todos pueden andar en bicicleta

Todos pueden andar en bicicleta

Muchas veces he oído a algunas personas decir que en bicicleta no se puede ir a trabajar, no se puede llevar a los/as niños/as a la escuela, no se puede ir al mercado, o a estudiar, que transpiras mucho, que tienes que ser una persona joven y atlética, que el calor, el frío y la lluvia y no sé cuántas cosas más.

Lo cierto es que nada de todo eso es verdad. Se pueden hacer todas esas cosas y muchas más, y pasarla bien a la vez y ayudar a mantenernos saludables, porque la bicicleta ha logrado, a lo largo de su larga historia una simbiosis con las personas difícil de igualar. Se han conjugado factores miscibles que hacen de las personas y las bicicletas un todo que ofrece versatilidad, seguridad, amabilidad y por sobre todas las cosas ofrece moverte de forma eficiente por la ciudad.

Todos/as pueden andar en bicicleta, hay de todo tipo y para todas las necesidades, solo hay que salir a buscar la bicicleta que mejor se adapte a tus requerimientos de movilidad.

Aquellas personas que siguen insistiendo desde la supuesta “comodidad” del auto sobre que la bicicleta no es un vehículo para la ciudad, deberían bajarse un poco del auto y experimentar algo diferente que seguramente les hará cambiar de parecer. Los resultados están comprobados.

No quiero que interpreten esto como una imposición, porque no se trata de obligar a la gente a usar la bicicleta, sino de incentivar y fomentar su uso para muchas cosas que el auto no puede darte con la libertad y le eficiencia que si te da este noble vehículo.

Yo me volví a subir a la bicicleta hace casi 8 años, después de muchísimos años sin ni siquiera tener una y lo que experimenté fue sorprendente. Me encontré con un modo de transporte que llenó mis días, los hizo mas llevaderos, y mis viajes se transformaron en algo placentero, mejoró mucho mi estado físico, e hizo que la ciudad respire un poquito mejor; dicho así pareciera que mi bicicleta es la solución, pero es solo un granito de arena que junto a muchos otros pueden hacer de esto una enorme playa de alegres ciclistas que contribuyan a dar respiro al entorno en el que nos movemos, que hoy es irrespirable.

Todos pueden andar en bicicleta, solo hay que encontrar el ritmo y salir, el resto se acomoda solo. La ropa no es problema, uno aprende a vestirse de la forma más adecuada en función del clima reinante. Yo aprendí, experimenté, me equivoqué, corregí y acá estoy, sin usar otra cosa mas que una bicicleta para moverme, con frio o calor, y hasta bajo la lluvia.

No crean que soy el loquito de la bicicleta, aunque alguno/a se empecine en llamarme de esa forma, solo soy una persona como cualquier otra que entendió que a la bicicleta no hay que tenerle miedo, que no hay que ser un loco para subirse a ella en verano o cuando llueve, entendí que podemos ser conscientes del daño que hacemos si seguimos moviéndonos arriba de vehículos contaminantes, ruidosos, ineficientes e inseguros. Aprendí que soy capaz de generar el cambio, promoverlo y de transmitir una pasión que se adquiere fácilmente, solo es cuestión de voluntad, porque imposible es lo que no se hace.

No se trata de moverse solo en bicicleta, sino de andar más en bicicleta. Podes moverte como quieras, pero en bicicleta siempre es mejor.

Andar en bici es un peligro para la sociedad

Andar en bici es un peligro para la sociedad

Hoy leí una nota que escribió Gustavo Londeix para el diario Clarín, que está viciada de sesgo, poniendo a quienes andan en bicicleta en un lugar equivocado, generando una grieta innecesaria en un momento donde la bicicleta forma más parte de la solución a los problemas del tránsito, de salud pública y de seguridad vial, que un problema en sí misma, por culpa de un puñado de inadaptados/as sociales.

La nota habla entre otras cosas sobre el respeto, y aunque coincido plenamente en que hay muchos/as ciclistas irrespetuosos/as, a quienes jamás voy a defender, es justo reconocer que esta nota tiene una mirada vacía de matices, como queriendo inferir que el problema está en quienes andan irresponsablemente en bici, sin poner el foco en los/as automovilistas, la infraestructura vial urbana y en las normas que muchas veces desprotegen a ciclistas y peatones.

Si hablamos de respeto, es lógico pensar que una persona que anda en bici por la vereda genera un potencial riesgo que queremos evitar, pero quedarse solo en eso es sesgar la información y no ofrecerle a la opinión pública una visión que le permita pensar y hacer un análisis más certero sobre la problemática que padecemos en materia de seguridad vial, sin importar a priori la forma en la que nos movemos.

Soy un acérrimo defensor de la empatía por sobre todas las cosas, y ponernos en el lugar del más vulnerable debe ser parte indispensable de nuestro ser, porque al menos en mi caso me completa como persona. La bicicleta me enseño muchas cosas, incluso modificó mi forma de manejar un auto, transformando significativamente mi conducta al volante.

Cuando hablan de ciclismo urbano enseguida surge la frase “los ciclistas no respetan nada”, pero ¿alguna vez se pusieron a pensar que nos ofrece la ciudad en materia de infraestructura y normas para que de alguna manera podamos corregir determinados “vicios” que en muchas ocasiones solo aparecen para protegernos de aquello que potencialmente puede dañarnos?

No voy a hacer un extenso análisis de la nota en sí misma, solo deseo decirle a Gustavo Londeix que cuando escriba nuevamente sobre este tema, trate de hacerlo con una mirada mas integradora porque la nota de hoy no persigue otra cosa más que poner a unos contra otros, porque honestamente no habla en absoluto sobre el verdadero problema y así es muy difícil encontrar la solución. No hay un aporte constructivo que permita ponerme de ese lado.

El periodismo en este sentido debe cumplir un rol fundamental, para que la gente tome conciencia de lo que está pasando, hacia donde vamos y lo que debemos hacer para que el ciclismo urbano siga creciendo en la ciudad. Este tipo de notas de barricada en un medio masivo de comunicación como el diario Clarín no ayudan para nada en la búsqueda de una solución al problema que se plantea y que paradójicamente no constituye un problema en sí mismo, si consideramos las estadísticas actuales en cuanto al nivel de siniestralidad vial en Buenos Aires y en todo el país, donde mueren aproximadamente 20 personas por día en siniestros viales provocados por personas que conducen vehículos motorizados.

Y para terminar le hago una pregunta a Londeix, hay muchos peatones irrespetuosos en la calle ¿qué hacemos con ellos/as?

2020

2020

Un año extraño, de esos que difícilmente podamos borrar de nuestra cabeza. Un año que me inspira a escribir todo esto. Lo vivido, lo que deje de vivir, lo inesperado, lo que ha modificado mis conductas, lo aprendido, lo irreparable, lo que me queda por componer y por sobre todas las cosas lo que ha constituido un sinfín de circunstancias que me obligaron a encarar mi vida de otra manera.

Terminaba 2019 y nos preparábamos para iniciar una nueva década, y como todo año nuevo, intentando renovar las esperanzas, con proyectos y planificando un año que nos posibilitara seguir creciendo y mejorando, pero en el medio pasaron cosas.

Pasó enero bajo sospecha, pero sin sobresaltos, llegó febrero con las vacaciones a cuestas y ya pensando en el comienzo del período escolar de mi hija, pero sin sobresaltos, más allá de alguna información que llegaba desde muy lejos. Y llegó marzo con más certezas que incertidumbres sobre lo que estaba pasando en el mundo y que ya veíamos más de cerca. El mundo se declaraba bajo pandemia, la escuela apenas abría sus puertas y nos tuvimos que recluir en nuestras casas sin tener certeza alguna de cuanto tiempo íbamos a tener que seguir de esa manera.

Y en marzo empezó a cambiar nuestra vida tal como la veníamos llevando, encerrados en nuestras casas, sin ni siquiera poder salir a la calle más que para hacer las compras esenciales, empecé a trabajar desde casa, porque tuve la fortuna de poder hacerlo, misma suerte que no tuvieron millones de personas que fueron agotando los recursos de los que disponían, quedándose sin trabajo e intentando reinventarse para poder subsistir.

La vida se fue transformando, día a día, donde el tiempo pasaba casi sin darnos cuenta. Nos preguntábamos si era martes o jueves, las horas y los días pasaban y no nos daban tregua, el encierro se hacía cada día más pesado, la incertidumbre crecía y con ella la ansiedad, los temores, extrañar a familiares y amistades, las salidas recreativas, todo se fue diluyendo. La pandemia nos fue consumiendo eso que siempre consideramos inalienable: la libertad.

Una nueva modalidad de trabajo se apoderó de quienes tuvieron la fortuna de poder seguir trabajando, y desde nuestra casa conectado remotamente a todo lo que alguna vez fue presencial. Una adaptación a algo casi nuevo e inesperado, que nos fue llevando a replantear la idea de que eso no estaba tan mal y que con algunas pequeñas modificaciones hasta quizás podría quedarse casi así, lo que nos daría una perspectiva diferente a lo que considerábamos hasta como “la oficina”.

Moverse fue casi imposible, solo si eras personal esencial tenías autorización para trasladarte a tu lugar de trabajo. El transporte público funcionaba con muchas restricciones, aunque se instaló rápidamente la idea de que viajar en tren, colectivo o subte era riesgoso para la salud por ser un ámbito propicio para la transmisión y propagación del Covid-19.

Las ciudades se fueron transformando, buscando adaptarse a una vida diferente, y mucha gente empezó a ver en la bicicleta una oportunidad única para moverse de forma tal de no exponerse en lugares cerrados para moverse de un lugar a otro, y eso motivó que los gobiernos empezaran a fijarse en cambiar la infraestructura urbana para brindarle a esa gente mayor comodidad y seguridad a la hora de moverse en bicicleta.

El “boom” de las bicicletas, se empezó a escuchar en muchos rincones del mundo. La bicicleta, algo tan simple y sencillo de usar que tuvo que esperar que el mundo se declarara en emergencia sanitaria para poder tener un lugar preponderante en cada rincón urbano donde miremos, y Buenos Aires no fue la excepción.

Quizás un poco abrumados por lo que estábamos viviendo, e intentando reorganizar los recursos humanos y económicos, pero lo cierto es que en Buenos Aires arrancamos tarde con esto empezar seriamente en recuperar el espacio público para las personas. Un espacio público necesario para moverse sin estar expuestos a la concentración masiva de personas en lugares cerrados. Espacios abiertos donde podamos movernos con mayor libertad, sin depender de otra cosa más que de nuestra voluntad, y la bicicleta pasó a ser una aliada indispensable en eso de movernos de forma segura, limpia y saludable, y para eso era absolutamente necesario recuperar el espacio público.

Se avanzó bastante en la idea de una ciudad para las personas, algo que se viene manifestando en el mundo desde décadas, y de eso sabe mucho Jan Gehl y hay mucho material escrito por Jane Jacobs, y muchos urbanistas modernos dispuestos a cambiar la forma de vivir en las ciudades.

Lamentablemente tuvimos que pasar por todo esto, para que la construcción de esos deseos se aceleren, y hoy estamos cosechando el fruto que esta pandemia ayudó de alguna manera a que madure, facilitando que determinados procesos comenzaran a manifestarse de forma fehaciente.

Al final del año me quedo con varias cosas que nos deja esta pandemia, el “boom” de las bicicletas, moverse solo lo necesario, el trabajo remoto y la libertad que eso nos ofrece, consumir solo lo que necesitamos, disfrutar más del hogar, estar más en contacto con la familia íntima.

Hoy arranca un nuevo año, y ya nos sentimos agobiados por la incertidumbre y con eso la ansiedad nos domina, tal como nos pasó en marzo pasado, pero ahora con la cabeza puesta en conseguir esa vacuna que nos pueda dar un respiro y desde ahí empezar a defender todo lo bueno que hemos logrado, corregir aquello que en el pasado nos hizo daño, y seguir construyendo todo aquello que sabemos va facilitar nuestras vidas.

No aflojemos, pensemos que si algo vino para quedarse es que la ciudad es de las personas y desde allí debemos reinventarnos. Esto recién comienza, es el principio de un mundo algo diferente, o al menos eso parece; no dejemos que nos arruinen los proyectos y esperanzas que como cada año nos planteamos y que nos permiten seguir nuestro camino de creación.