Prosperidad

Prosperidad

Desde pequeño me han transmitido que comprar un auto era sinónimo de prosperidad. ¿Prosperidad para qué? ¿para gastar más dinero?, ¿para depender del combustible?, ¿para poder ir más lejos? ¿para afectar mi salud por contaminación?

Ese mensaje relacionado a la prosperidad siempre acompañó mi crecimiento hasta hacerse carne en mí, y ahora que soy más grande, he vivido la mitad de mi vida y he aprendido muchas cosas, me fui dando cuenta que hay otros factores que inciden directamente en la prosperidad y no necesariamente están relacionados con lo material.

Comprar un auto está bien, yo tengo uno y lo uso muy poco, pero si hablamos de prosperidad tendremos que pensar en que beneficios nos genera esa cosa material que dicen darnos felicidad, y de pronto solo escucho quejas al respecto: aumentó el seguro, la patente, hay mucho tránsito, no tengo lugar para estacionar, aumentó la gasolina, se me rompió el auto, me quede sin batería, etc.

¿Qué beneficios tiene comprarse un auto si nos va a traer más complicaciones y gastos? Creemos que comprando un auto vamos a tener una mejor calidad de vida, y en lo personal creo que en lo único que contribuimos es en promover un modo de transporte ineficiente, contaminante y que genera sedentarismo. “…Pero puedo viajar más lejos en menos tiempo”, escucho que dicen por ahí, y quizás solo en eso puedo estar de acuerdo, pero eso no es prosperidad.

El automóvil ha ganado un espacio significativo en nuestras vidas, los fabricantes han sabido introducirnos bajo mecanismos de persuasión, un vehículo que ha revolucionado de cierta manera la forma de movernos, pero que a lo largo del tiempo ha modificado negativamente la vida en nuestras ciudades. En este sentido mi reflexión de hoy es muy breve, pero creo que debemos detenernos en pensar que la prosperidad no pasa solo por comprar un auto o cosas materiales que nos “complementen”, sino en conseguir mejorar nuestra calidad de vida sin esa necesidad irrefrenable de tener que comprar algo que a largo plazo nos convierta en personas dependientes de esa cosa que alguna vez fue “prosperidad”, pero ya no lo es.

Automovilistas indisciplinados/as: trabajo para nuestros/as legisladores/as

Automovilistas indisciplinados/as: trabajo para nuestros/as legisladores/as

Ayer leí una nota publicada en el diario La Nación, escrita por Sandra Choroszczucha que me abrió la puerta para escribir algo sobre lo que deberían hacer nuestros/as legisladores y no hacen.

La ciudad va cambiando día a día, o al menos eso es lo que uno espera que ocurra, aunque no con la velocidad que uno quisiera, pero lo cierto es que el contexto cambia permanentemente y actualmente frente a la pandemia que padecemos desde hace casi un año, se ha manifestado una fuerte tendencia a usar más la bicicleta para preservarse de usar el vapuleado transporte público, pero no así del uso del auto.

En función de esta nueva realidad que “asombra” a muchas personas, cuando en realidad la bicicleta lleva mas de 200 años de historia, se pone de manifiesto en algunos sectores de la sociedad, la necesidad de regular el uso de la bicicleta, pero se olvidan que eso ya se encuentra regulado, aunque dicha regulación se orienta más a la circulación de vehículos motorizados que a la movilidad activa. Una Ley de Tránsito (24449) que no considera matices, que es gris y obsoleta, que no sitúa a ciclistas y peatones en la línea de vulnerabilidad que les corresponde.

Es ahí donde nuestros/as legisladores tienen mucho para trabajar y sin embargo nada están haciendo para mejorar la seguridad vial, como si ese fuera un tema menor, cuando mueren 18 personas al día en Argentina a mano de automovilistas irresponsables (según las últimas estadísticas disponibles que datan de 2019), y donde ciclistas y peatones conforman parte de esa triste lista de muertes evitables. Una ley que paradójicamente dice protegernos.

Y volviendo un poco a la nota que motivó que yo escribiera estas líneas, creo que el periodismo o al menos quienes tienen el poder de comunicar en medios masivos como el diario en cuestión, tienen la enorme responsabilidad de ofrecer información confiable y con argumentos válidos que permitan una correcta formación de opinión, sin sesgos, porque de lo contrario están desinformando a la sociedad, que hoy necesita más que nunca, tener una visión clara y objetiva de los problemas que enfrentamos en materia de seguridad vial, en lugar de tener una visión parcial, personalista y alejada de la realidad.

Siempre es bueno decirlo, todos debemos comportarnos responsablemente sin importar de que manera nos movamos, pero hago un llamado a la reflexión colectiva, como lo he hecho siempre, y muy especialmente dirigido a aquellas personas que creen que el problema está en otro lado y sin embargo lo que están haciendo es mirar hacia el lado equivocado. Piensen un poco en todo lo que representa positivamente la movilidad activa en materia de salud pública, gasto público y seguridad vial y démosle descanso a esa mala costumbre de protestar por todo lo que nos hace bien y naturalizar lo que nos hace mal.

Gracias, de parte una persona que anda en bicicleta porque entendió que es una excelente manera de contribuir positivamente al cambio cultural que muchas personas se niegan a asumir.

Todos pueden andar en bicicleta

Todos pueden andar en bicicleta

Muchas veces he oído a algunas personas decir que en bicicleta no se puede ir a trabajar, no se puede llevar a los/as niños/as a la escuela, no se puede ir al mercado, o a estudiar, que transpiras mucho, que tienes que ser una persona joven y atlética, que el calor, el frío y la lluvia y no sé cuántas cosas más.

Lo cierto es que nada de todo eso es verdad. Se pueden hacer todas esas cosas y muchas más, y pasarla bien a la vez y ayudar a mantenernos saludables, porque la bicicleta ha logrado, a lo largo de su larga historia una simbiosis con las personas difícil de igualar. Se han conjugado factores miscibles que hacen de las personas y las bicicletas un todo que ofrece versatilidad, seguridad, amabilidad y por sobre todas las cosas ofrece moverte de forma eficiente por la ciudad.

Todos/as pueden andar en bicicleta, hay de todo tipo y para todas las necesidades, solo hay que salir a buscar la bicicleta que mejor se adapte a tus requerimientos de movilidad.

Aquellas personas que siguen insistiendo desde la supuesta “comodidad” del auto sobre que la bicicleta no es un vehículo para la ciudad, deberían bajarse un poco del auto y experimentar algo diferente que seguramente les hará cambiar de parecer. Los resultados están comprobados.

No quiero que interpreten esto como una imposición, porque no se trata de obligar a la gente a usar la bicicleta, sino de incentivar y fomentar su uso para muchas cosas que el auto no puede darte con la libertad y le eficiencia que si te da este noble vehículo.

Yo me volví a subir a la bicicleta hace casi 8 años, después de muchísimos años sin ni siquiera tener una y lo que experimenté fue sorprendente. Me encontré con un modo de transporte que llenó mis días, los hizo mas llevaderos, y mis viajes se transformaron en algo placentero, mejoró mucho mi estado físico, e hizo que la ciudad respire un poquito mejor; dicho así pareciera que mi bicicleta es la solución, pero es solo un granito de arena que junto a muchos otros pueden hacer de esto una enorme playa de alegres ciclistas que contribuyan a dar respiro al entorno en el que nos movemos, que hoy es irrespirable.

Todos pueden andar en bicicleta, solo hay que encontrar el ritmo y salir, el resto se acomoda solo. La ropa no es problema, uno aprende a vestirse de la forma más adecuada en función del clima reinante. Yo aprendí, experimenté, me equivoqué, corregí y acá estoy, sin usar otra cosa mas que una bicicleta para moverme, con frio o calor, y hasta bajo la lluvia.

No crean que soy el loquito de la bicicleta, aunque alguno/a se empecine en llamarme de esa forma, solo soy una persona como cualquier otra que entendió que a la bicicleta no hay que tenerle miedo, que no hay que ser un loco para subirse a ella en verano o cuando llueve, entendí que podemos ser conscientes del daño que hacemos si seguimos moviéndonos arriba de vehículos contaminantes, ruidosos, ineficientes e inseguros. Aprendí que soy capaz de generar el cambio, promoverlo y de transmitir una pasión que se adquiere fácilmente, solo es cuestión de voluntad, porque imposible es lo que no se hace.

No se trata de moverse solo en bicicleta, sino de andar más en bicicleta. Podes moverte como quieras, pero en bicicleta siempre es mejor.

Andar en bici es un peligro para la sociedad

Andar en bici es un peligro para la sociedad

Hoy leí una nota que escribió Gustavo Londeix para el diario Clarín, que está viciada de sesgo, poniendo a quienes andan en bicicleta en un lugar equivocado, generando una grieta innecesaria en un momento donde la bicicleta forma más parte de la solución a los problemas del tránsito, de salud pública y de seguridad vial, que un problema en sí misma, por culpa de un puñado de inadaptados/as sociales.

La nota habla entre otras cosas sobre el respeto, y aunque coincido plenamente en que hay muchos/as ciclistas irrespetuosos/as, a quienes jamás voy a defender, es justo reconocer que esta nota tiene una mirada vacía de matices, como queriendo inferir que el problema está en quienes andan irresponsablemente en bici, sin poner el foco en los/as automovilistas, la infraestructura vial urbana y en las normas que muchas veces desprotegen a ciclistas y peatones.

Si hablamos de respeto, es lógico pensar que una persona que anda en bici por la vereda genera un potencial riesgo que queremos evitar, pero quedarse solo en eso es sesgar la información y no ofrecerle a la opinión pública una visión que le permita pensar y hacer un análisis más certero sobre la problemática que padecemos en materia de seguridad vial, sin importar a priori la forma en la que nos movemos.

Soy un acérrimo defensor de la empatía por sobre todas las cosas, y ponernos en el lugar del más vulnerable debe ser parte indispensable de nuestro ser, porque al menos en mi caso me completa como persona. La bicicleta me enseño muchas cosas, incluso modificó mi forma de manejar un auto, transformando significativamente mi conducta al volante.

Cuando hablan de ciclismo urbano enseguida surge la frase “los ciclistas no respetan nada”, pero ¿alguna vez se pusieron a pensar que nos ofrece la ciudad en materia de infraestructura y normas para que de alguna manera podamos corregir determinados “vicios” que en muchas ocasiones solo aparecen para protegernos de aquello que potencialmente puede dañarnos?

No voy a hacer un extenso análisis de la nota en sí misma, solo deseo decirle a Gustavo Londeix que cuando escriba nuevamente sobre este tema, trate de hacerlo con una mirada mas integradora porque la nota de hoy no persigue otra cosa más que poner a unos contra otros, porque honestamente no habla en absoluto sobre el verdadero problema y así es muy difícil encontrar la solución. No hay un aporte constructivo que permita ponerme de ese lado.

El periodismo en este sentido debe cumplir un rol fundamental, para que la gente tome conciencia de lo que está pasando, hacia donde vamos y lo que debemos hacer para que el ciclismo urbano siga creciendo en la ciudad. Este tipo de notas de barricada en un medio masivo de comunicación como el diario Clarín no ayudan para nada en la búsqueda de una solución al problema que se plantea y que paradójicamente no constituye un problema en sí mismo, si consideramos las estadísticas actuales en cuanto al nivel de siniestralidad vial en Buenos Aires y en todo el país, donde mueren aproximadamente 20 personas por día en siniestros viales provocados por personas que conducen vehículos motorizados.

Y para terminar le hago una pregunta a Londeix, hay muchos peatones irrespetuosos en la calle ¿qué hacemos con ellos/as?

2020

2020

Un año extraño, de esos que difícilmente podamos borrar de nuestra cabeza. Un año que me inspira a escribir todo esto. Lo vivido, lo que deje de vivir, lo inesperado, lo que ha modificado mis conductas, lo aprendido, lo irreparable, lo que me queda por componer y por sobre todas las cosas lo que ha constituido un sinfín de circunstancias que me obligaron a encarar mi vida de otra manera.

Terminaba 2019 y nos preparábamos para iniciar una nueva década, y como todo año nuevo, intentando renovar las esperanzas, con proyectos y planificando un año que nos posibilitara seguir creciendo y mejorando, pero en el medio pasaron cosas.

Pasó enero bajo sospecha, pero sin sobresaltos, llegó febrero con las vacaciones a cuestas y ya pensando en el comienzo del período escolar de mi hija, pero sin sobresaltos, más allá de alguna información que llegaba desde muy lejos. Y llegó marzo con más certezas que incertidumbres sobre lo que estaba pasando en el mundo y que ya veíamos más de cerca. El mundo se declaraba bajo pandemia, la escuela apenas abría sus puertas y nos tuvimos que recluir en nuestras casas sin tener certeza alguna de cuanto tiempo íbamos a tener que seguir de esa manera.

Y en marzo empezó a cambiar nuestra vida tal como la veníamos llevando, encerrados en nuestras casas, sin ni siquiera poder salir a la calle más que para hacer las compras esenciales, empecé a trabajar desde casa, porque tuve la fortuna de poder hacerlo, misma suerte que no tuvieron millones de personas que fueron agotando los recursos de los que disponían, quedándose sin trabajo e intentando reinventarse para poder subsistir.

La vida se fue transformando, día a día, donde el tiempo pasaba casi sin darnos cuenta. Nos preguntábamos si era martes o jueves, las horas y los días pasaban y no nos daban tregua, el encierro se hacía cada día más pesado, la incertidumbre crecía y con ella la ansiedad, los temores, extrañar a familiares y amistades, las salidas recreativas, todo se fue diluyendo. La pandemia nos fue consumiendo eso que siempre consideramos inalienable: la libertad.

Una nueva modalidad de trabajo se apoderó de quienes tuvieron la fortuna de poder seguir trabajando, y desde nuestra casa conectado remotamente a todo lo que alguna vez fue presencial. Una adaptación a algo casi nuevo e inesperado, que nos fue llevando a replantear la idea de que eso no estaba tan mal y que con algunas pequeñas modificaciones hasta quizás podría quedarse casi así, lo que nos daría una perspectiva diferente a lo que considerábamos hasta como “la oficina”.

Moverse fue casi imposible, solo si eras personal esencial tenías autorización para trasladarte a tu lugar de trabajo. El transporte público funcionaba con muchas restricciones, aunque se instaló rápidamente la idea de que viajar en tren, colectivo o subte era riesgoso para la salud por ser un ámbito propicio para la transmisión y propagación del Covid-19.

Las ciudades se fueron transformando, buscando adaptarse a una vida diferente, y mucha gente empezó a ver en la bicicleta una oportunidad única para moverse de forma tal de no exponerse en lugares cerrados para moverse de un lugar a otro, y eso motivó que los gobiernos empezaran a fijarse en cambiar la infraestructura urbana para brindarle a esa gente mayor comodidad y seguridad a la hora de moverse en bicicleta.

El “boom” de las bicicletas, se empezó a escuchar en muchos rincones del mundo. La bicicleta, algo tan simple y sencillo de usar que tuvo que esperar que el mundo se declarara en emergencia sanitaria para poder tener un lugar preponderante en cada rincón urbano donde miremos, y Buenos Aires no fue la excepción.

Quizás un poco abrumados por lo que estábamos viviendo, e intentando reorganizar los recursos humanos y económicos, pero lo cierto es que en Buenos Aires arrancamos tarde con esto empezar seriamente en recuperar el espacio público para las personas. Un espacio público necesario para moverse sin estar expuestos a la concentración masiva de personas en lugares cerrados. Espacios abiertos donde podamos movernos con mayor libertad, sin depender de otra cosa más que de nuestra voluntad, y la bicicleta pasó a ser una aliada indispensable en eso de movernos de forma segura, limpia y saludable, y para eso era absolutamente necesario recuperar el espacio público.

Se avanzó bastante en la idea de una ciudad para las personas, algo que se viene manifestando en el mundo desde décadas, y de eso sabe mucho Jan Gehl y hay mucho material escrito por Jane Jacobs, y muchos urbanistas modernos dispuestos a cambiar la forma de vivir en las ciudades.

Lamentablemente tuvimos que pasar por todo esto, para que la construcción de esos deseos se aceleren, y hoy estamos cosechando el fruto que esta pandemia ayudó de alguna manera a que madure, facilitando que determinados procesos comenzaran a manifestarse de forma fehaciente.

Al final del año me quedo con varias cosas que nos deja esta pandemia, el “boom” de las bicicletas, moverse solo lo necesario, el trabajo remoto y la libertad que eso nos ofrece, consumir solo lo que necesitamos, disfrutar más del hogar, estar más en contacto con la familia íntima.

Hoy arranca un nuevo año, y ya nos sentimos agobiados por la incertidumbre y con eso la ansiedad nos domina, tal como nos pasó en marzo pasado, pero ahora con la cabeza puesta en conseguir esa vacuna que nos pueda dar un respiro y desde ahí empezar a defender todo lo bueno que hemos logrado, corregir aquello que en el pasado nos hizo daño, y seguir construyendo todo aquello que sabemos va facilitar nuestras vidas.

No aflojemos, pensemos que si algo vino para quedarse es que la ciudad es de las personas y desde allí debemos reinventarnos. Esto recién comienza, es el principio de un mundo algo diferente, o al menos eso parece; no dejemos que nos arruinen los proyectos y esperanzas que como cada año nos planteamos y que nos permiten seguir nuestro camino de creación.

La bicicleta es transporte

La bicicleta es transporte

Desde tiempos remotos la bicicleta ha sido considerada por mucha gente como un vehículo de recreación, pero con el paso del tiempo esa idea fue cambiando, aunque no en los niveles que imaginamos, y hoy en día sigue siendo un vehículo altamente desconsiderado como modo de transporte.

Hoy el mundo vive una de las crisis sanitarias más profundas de las que se tenga memoria, donde es indispensable mantener un distanciamiento físico para evitar la propagación del COVID-19, y entonces se plantea el desafío de ver de qué manera nos podemos mover con mayor seguridad y al mismo tiempo cumplir con el distanciamiento físico que se requiere.

El transporte público, hoy como lo conocemos en muchas de las grandes urbes, genera demasiado acercamiento entre personas y obliga a compartir espacios comunes, sin embargo, muchos de esos viajes que se realizan dentro de una ciudad no superan los 10 km, razón más que suficiente para fomentar el uso de la bicicleta, y no solo como recreación, sino como un modo de transporte y estilo de vida.

Andar en bicicleta, como todos sabemos, es saludable, eficiente, seguro y cuenta con la aceptación de mucha gente, aunque no todas las personas se sienten cómodas usando la bicicleta para ir a trabajar, y en eso debemos pensar para facilitar esa comodidad. ¿Será cerrando calles solo para bicicletas, aumentar la infraestructura ciclista, permitir más y mejores lugares para estacionar, interconectar el transporte masivo con estaciones de bicicletas públicas? Muchas de estas propuestas se vienen haciendo desde hace mucho tiempo, y hoy toman más relevancia en virtud de la necesidad que tenemos de movernos manteniendo el distanciamiento físico.

La recomendación es que te quedes en tu casa, pero hay personas que deben salir a la calle para ir a trabajar porque ofrecen servicios esenciales como ser salud, seguridad, alimentación entre otras, y nada mejor que poder moverse de forma mas saludable, es decir en bicicleta; en ese contexto muchas ciudades cuentan hoy con servicios públicos de bicicletas, que en Argentina se encuentran suspendidos, cuando la realidad indica que deberían funcionar a su máxima capacidad porque el uso de la bicicleta descongestiona el transporte público y permite que quien no tenga la posibilidad de usar la bicicleta pueda viajar con mayor comodidad y seguridad en tren, bus o subte.

La bicicleta es transporte y hablar del tema genera disparadores para proyectos, propuestas e ideas que movilicen a las autoridades gubernamentales para habilitar el sistema público de bicicletas, modifiquen la infraestructura vial e incentiven a las personas a usar esa bicicleta que tienen guardada y que solo usan los domingos.

Si son de esas personas, y tienen que salir a trabajar, las invito a que pongan en condiciones sus bicicletas y salgan en ellas, siempre recordando limpiar las mismas antes y después de su uso con una solución de alcohol al 70%, usar tapaboca y mantener la distancia física recomendada.

A cuidarse, y les dejo un abrazo de codo.

Historia breve de una restauración

Historia breve de una restauración

Hoy quiero contarles una breve historia que me hizo pensar en el cariño y la pasión que envuelve a la bicicleta.

Hace un tiempo me llegó un mensaje de un amigo consultándome sobre la posibilidad de restaurar una bicicleta vieja que se encontraba abandonada, y me pidió los datos de alguna persona que pudiera hacerse cargo de ese trabajo, y me alegró mucho poder ayudarlo y pensar en darle una nueva vida a esa bicicleta, que por razones que desconocía había sido abandonada en un rincón frío, oscuro y húmedo.

Mi amigo me mandó algunas fotos, me contó muy escuetamente lo que esa bicicleta representaba para él y automáticamente fue como un disparo al corazón, me movilizó internamente y me dije hacia adentro que no podíamos dejar pasar esta oportunidad de avanzar en la idea de esa restauración.

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En ese momento me puse en contacto con una persona que ciertamente, a mi criterio, podría llevar a cabo ese trabajo, una persona a la que no conocía personalmente, pero si tenía muy buenas referencias sobre su trabajo. Le propuse la idea de restaurar esta bicicleta, le mandé algunas fotos y al cabo de unos días me confirmó que podía hacerse cargo de la restauración de esa bicicleta, previa revisión de la misma; la historia lo movilizó, es algo que lo apasiona y que además le gustaba mucho la bicicleta, porque detrás de cada restauración hay una historia de vida, de trabajo, y poder ser parte de eso es también un alimento para el alma de alguien que ama todo lo relacionado con la bicicleta y de las magníficas historias que se esconden detrás.

La bicicleta en cuestión había que traerla de la provincia de Córdoba, lo cual dependía mucho de la disponibilidad de tiempo de Eric, mi amigo, y es por eso que la restauración se demoró unos meses hasta que estuviera lista en Buenos Aires para meterla en el taller de Ricardo, el restaurador.

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El tiempo pasó, y honestamente esa fabulosa idea que tanto me había gustado se fue desdibujando como tantas otras cosas que pasan fugazmente por mi cabeza, hasta que sorpresivamente un día me llegó un mensaje de Eric avisándome que la bicicleta ya estaba en Buenos Aires y se encontraba lista para ser entregada a las sabias y experimentadas manos de Ricardo, para dar comienzo a una restauración con pinceladas de melancolía, aroma a barrio, recuerdos familiares, infancia y adolescencia en una provincia de Córdoba que siempre invita a recorrerla y conocerla.

En ese mismo momento me puse en contacto con Ricardo para avisarle que Eric lo iba a llamar y coordinar finalmente la entrega de la bici para comenzar con los trabajos de restauración que tanto estábamos esperando.

Mi ansiedad por ver que ese trabajo comience iba acompañada por la incertidumbre de saber cómo sería ese trabajo, cómo progresaría, que dificultades podría tener, si se podría reparar todo, o simplemente se le cambiarían solo algunas piezas. Todas esas preguntas se encontraron sin respuesta ante el más profundo hermetismo de Ricardo, que en ningún momento intentó mostrarme o contarme como iba su trabajo de restauración.

Una bicicleta que venía de la provincia de Córdoba, que perteneció al padre de Eric y que desde su triste partida, nunca más nadie intentó hacerla rodar, y finalmente quedó guardada en ese rincón frío, oscuro y húmedo, lo cual provocó que esos fierros se oxidaran y esa herrumbre causara todo el daño posible para que esa bicicleta no se pudiera usar más, sin que antes pasara por un exhaustivo análisis de factibilidad antes de su reparación definitiva, cosa que estaba a punto de ocurrir mágicamente.

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No puedo aseverar exactamente cuánto tiempo pasó desde que esa bicicleta quedó presa del abandono, nunca intenté preguntarle a Eric, pero ciertamente habían pasado muchos años, se notaba que el daño era importante y el trabajo que Ricardo debía realizar era de una enorme magnitud, lo cual iba a necesitar paciencia, trabajo duro, materiales nobles, y mucho cariño para que esa bicicleta pueda tener la posibilidad de rodar nuevamente por las calles de la ciudad.

No imaginé nunca como una persona podía tener el don de darle una nueva vida a una bicicleta vieja, abandonada, roída por el paso inexorable del tiempo, pero encontré en Ricardo al artífice de una restauración que me atrapó, y me transportó al mundo de la mecánica y reparación de bicicletas. Empecé a leer un poco más sobre componentes y funcionamiento de una bicicleta, y si bien yo ando en bicicleta todos los días desde hace ya algunos años, nunca me puse a estudiar en profundidad este tema y de repente me sumergí en intentar conocer un poco más sobre este maravilloso mundo de la bicicleta y su simple, pero interesante mecánica.

Ricardo confirmó finalmente, después de haber analizado el estado en el que se encontraba la bicicleta, que iba a comenzar con la restauración, y fue grande la emoción al pensar que esa bicicleta iba a tener la oportunidad de hacer feliz a otra persona, porque la bicicleta siempre genera felicidad en quien la use. Es la perfecta fábrica de sonrisas.

La bicicleta entró al taller y Ricardo comenzó con la restauración, y ahora solo era cuestión de tiempo y esfuerzo, y esperar que la magia y las manos sabias y expertas de Ricardo hagan su trabajo.

Luego de unas semanas le pregunté a Eric si sabía cómo iban los trabajos de Ricardo, pero no emitió palabra alguna, me ignoró por completo, como si el misterio fuera parte de esa restauración. Ricardo se mantuvo callado, y sin dar ni una sola pista con respecto a lo que dentro de su taller estaba sucediendo, y los días pasaban y me inundaba la ansiedad, quería saber cómo iba a quedar esa bendita bicicleta.

Empecé a imaginar el trabajo que allí dentro y a puertas cerradas se estaba desarrollando, y agarrando libros sobre mecánica de bicicletas que tenía en casa, fui dibujando en mi mente como iba a quedar esa horquilla roída por el tiempo, ese plato gastado por la herrumbre, esa cadena fantasmal y a la vez tan importante, ese sillín que alguna vez supo soportar el peso de una persona durante mucho tiempo, suave, amable y confortable y esas ruedas que requerían de una atención especial porque son parte fundamental del vuelo magistral de la bicicleta sobre el asfalto.

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Las bicicletas tienen una mecánica muy sencilla y es muy versátil como medio de transporte, y hacer que rueden es cuestión de imaginación, algo de magia, esfuerzo, y dedicación, porque ellas también merecen una cuota de cariño.

El tiempo fue transcurriendo sin medida, y aunque imaginando que todo marchaba bien, crecía la incertidumbre que genera no saber ni cómo ni cuándo iba a terminar toda esta espera, pero ese día tan esperado finalmente llegó.

Y ese mismo día Eric me avisa que la bicicleta ya estaba lista y que la tenía que ir a buscar, nervioso, sin saber con qué se iba a encontrar, pero yo en lo personal sabía que su restauración estaba en las mejores manos y que el resultado iba a superar todo lo imaginado.

Eric llegó al taller de Ricardo y al entrar se encontró frente a algo que parecía ser una bicicleta cubierta por una enorme lona que cubría lo que desde ese día iba a ser su “nueva” bicicleta, la que un día fue de su padre, y hoy pasa a formar parte de esta historia que con emoción les cuento, porque a mi me atrapó la idea desde el comienzo y no pude parar de preguntarme cuantas historias como esta debe haber en el mundo, muchas me respondí, y todas seguramente con la misma intensidad y las mismas sensaciones de melancolía y emoción como las que esta bicicleta me hizo sentir desde el primer día.

La emoción de Eric en este breve video… La entrega de la bicicleta

Ricardo, el restaurador, hizo un enorme trabajo, se puso el desafío al hombro, y su esfuerzo valió la pena, entre el óxido y esas piezas destartaladas, hubo que hacer casi una bicicleta nueva, y así se veía realmente, una hermosa bicicleta de estilo inglés que supo recorrer las calles de Córdoba hace muchísimos años y hoy esperaba hacerlo en otras calles, otras ciudades, con otra gente, pero con el mismo espíritu de siempre, porque la bicicleta no pierde vigencia, es un noble vehículo que más allá de las circunstancias buenas o malas, genera felicidad en quien la use a pesar del paso del tiempo y el desgaste, porque si pasa el tiempo y hay desgaste ya saben que Ricardo, el restaurador, es la persona que tienen que contactar para que la bicicleta siga siendo una fiel aliada y compañera urbana.

Para conocer un poco más sobre las manos maestras y la pasión de Ricardo por las bicicletas, pueden visitar sus redes sociales:

Ricardo Tilve Guerra, el restaurador

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